LA GRIETA ARGENTINA

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Desde hace algunos años, y de forma recurrente, se utiliza un concepto en cada análisis que se realiza sobre el contexto socio histórico argentino: “Grieta”. Según la opinión generalizada, un abismo separa a grandes sectores de la sociedad cuya naturaleza es, según los entendidos en la materia, política e ideológica. Allí, se asienta un error de percepción importante. ¿Existe la Grieta? Por supuesto que sí. ¿La misma es de índole ideológica y política? También, aunque su origen se relaciona con cuestiones ajenas a las señaladas inicialmente. Los principales aspectos que han generado la mencionada división nacional son morales y éticos. Dicho de otro modo: La grieta en Argentina es moral y ética.

Seguramente, Sr/a lector/a, en alguna otra oportunidad haya escuchado tal aseveración. La misma ha sido tan o más difundida como el señalamiento que se le opone. Sin embargo, resulta necesario profundizar analíticamente en el para comprenderlo en su totalidad. Para ello, resulta pertinente desmenuzar dos conceptos centrales: Moral y Ética.

Según la Real Academia Española, Moral se define como “perteneciente o relativo a las acciones de las personas, desde el punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal y en función de su vida institucional y, sobre todo, colectiva”. Otra acepción indica: “doctrina del obrar humano que pretende regular el comportamiento individual y colectivo en relación con el bien y el mal y los deberes que implican”. Por su parte, la RAE define Ética como “conforme a lo moral”. Al mismo tiempo, señala: “conjunto de normas morales que rigen la conducta de la persona en cualquier ámbito de la vida. Ética profesional, cívica, deportiva”.

Puede recurrirse a una explicación grafica sobre el uso y significado de ambos términos. Según Julio  Alberto Sanjinés, profesor de Ética y Responsabilidad Social en la Universidad Privada Boliviana, una ilustración posible al tema planteado es la siguiente: “La base de la diferencia entre el significado de la Ética y la Moral se encuentra en dos de las condiciones que nos hacen humanos. Por una parte, nuestra condición de establecer normas de convivencia, distinguiendo los actos positivos de los negativos. Y por otra parte, nuestra facultad de pensar trascendentemente, de reflexionar sobre los fundamentos de nuestros modos de vida, nuestros hábitos y costumbres, nuestras normas. La Moral se enmarca en la primera y la Ética en la segunda”.1

En el mismo sentido, Sanjinés ahonda en sus conceptos: “La Moral, por lo tanto, es normativa. Se la puede considerar como un conjunto de juicios establecidos individual o socialmente, que definen aquello que está bien o está mal. Al ser normativa, la Moral se establece como reglas de comportamiento que en un ejercicio de libertad las asumimos como propias y guían nuestra conducta. Por otra parte, llamamos Ética a la reflexión sobre la moral que pretende responder preguntas como: ¿Por qué consideramos valiosas a unas conductas y a otras no? ¿En qué fundamentamos nuestras pautas morales? ¿Qué es lo bueno, que es lo malo? La filosofía moral, que es la Ética, elabora conceptos, ideas y teorías que pretenden explicar el sentido de la vida, porque vale la pena vivirla y cómo podemos vivirla mejor”.1 Por último, añade: “La Moral nos dice, entonces, como vivir de buena manera. Mientras que la Ética nos ayuda a comprender las razones por la que debemos vivirla de una u otra manera”.1

Los argentinos vivimos en un país donde se ha naturalizado peligrosamente la corrupción en cualquiera de los ámbitos de la vida cotidiana. En parte de la sociedad, inspira mayor respeto un político que se ha enriquecido en la función pública – algo de por sí imposible de gestarse sin haber recurrido a prácticas ilegales y poco éticas – y que no puede explicar de forma legal su incremento patrimonial, antes que un empresario exitoso que trabajó incansablemente. Sin embargo, ese político es apoyado electoralmente una y otra vez; mientras que el empresario es visto como un enemigo del pueblo.

No obstante, la corrupción no es solo propiedad del plano político. También, existe en la vida ciudadana. Por ejemplo, ¿Quién no ha escuchado alguna vez críticas sobre el accionar de la policía de tránsito? Lo curioso del tema es que nadie refiere críticamente hacia quienes no cumplen con las obligaciones impuestas para tener la documentación vehicular en regla. Los “Zorros”, como también se denomina comúnmente a los agentes de tránsito, mantienen vigente las prácticas ilegales de recibir dinero para no sancionar a quienes se encuentran “flojos” de papeles, básicamente, porque hay quienes prefieren “coimear” antes que ponerse en regla. Es decir, moralmente se desprecia las reglamentaciones impuestas desde el Estado y se decide, desde una curiosa visión ética, vivir al margen de la legalidad.

Ejemplos así, pueden encontrarse y citarse indefinidamente. Sin importar los actores, dependencias estatales y prácticas que allí intervengan las conclusiones siempre serán las mismas: hay un apoyo y aceptación social explicita a la ilegalidad en Argentina. Por lo tanto, sin importar banderías políticas ni ideológicas, el abismo que separa a la sociedad tiene que ver, principalmente, con quienes anhelan vivir en un país donde la Ley se respete y cumpla, y aquellos que buscan lo contrario. Lamentablemente, quienes se ubican en este último sector han logrado imponer sus posturas durante los últimos años.

La sociedad ha degradado preocupantemente sus valores morales en los últimos años. Y con ello ha adoptado una visión ética mediocre sobre cómo debería desarrollarse su vida cotidiana. En una realidad así, no existe ni la menor posibilidad de aspirar a vivir digna ni prósperamente. El problema no son los políticos, sino los que los apoyan incondicionalmente, a pesar de sus tropelías cometidas. El inconveniente no es solo la corrupción, sino quienes adhieren a ella al igual que aquellos que no hacen nada por condenarla. La contrariedad no es la “viveza” criolla, sino que esta beneficia a unos cuantos en detrimento de un gran sector de la población, sobre todo a los más pobres. En resumen, el aprieto que vive Argentina se debe a los nefastos valores que se han adoptado desde hace unos años y la indignante visión ética que acompaña a estos. Mientras no haya un cambio concreto en este sentido, el país seguirá sumido en la pobreza, mediocridad y desesperanza hasta hoy conocida. Esa es la verdadera Grieta que existe en la República Argentina.

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