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En Argentina existe un incorrecto entendimiento sobre lo relacionado al cambio. Impera mucha confusión al respecto. Por influencia directa de la política, gran parte de la sociedad cree que el corto plazo es el periodo correcto en el cual se debe trabajar para implementar las modificaciones necesarias de cualquier ámbito cotidiano (economía, educación, cultura, seguridad, empleo, servicios básicos, vivienda, etc.). Gran error. La clase política en su conjunto impuso una creencia generalizada equivocada y, además, nunca tuvo las agallas de corregir eso y modificarlo; generando así innumerable cantidad de problemáticas de diversa índole que llevan décadas de vigencia.

La mirada cortoplacista de la sociedad – ese excesivo apego a la búsqueda de resultados de forma inmediata -, ha sido la causante de la mayor parte de sus penurias, pasadas y actuales. Buena parte de los ciudadanos mantiene vigente ese ideal de cambio, a pesar que dicha fórmula ha fallado una y otra vez.  La manera en la que se concibe toda posibilidad de transformación en Argentina es irreal e imposible de aplicarse dentro de su realidad objetiva. Y allí se encuentra uno de los grandes obstáculos que impiden el progreso social y cultural de la Nación.

Según la creencia popular, un proceso de cambio debe constar de ciertas características puntuales: desarrollarse en un periodo corto de tiempo, sentirlo poco costoso y hasta agradable en cuanto al esfuerzo que debe imprimirse en la tarea a desarrollar y, por último, obtener resultados de una forma casi inmediata. En resumidas cuentas, se cree en algo utópico. Ninguna transformación verdadera se produce de esa manera y, menos aún, sería capaz de exponer características similares. Sobre todo, si se trata de transformaciones pensadas para realizarse en el plano cultural. Puede apelarse a una simple reflexión para graficar lo expuesto hasta aquí.

Primer interrogante: ¿A quién le gustaría tener un cuerpo atlético, sano, definido, visualmente atractivo? Es bastante probable que una gran mayoría de personas pudiera mostrarse interesada en adherir a dicha posibilidad. Segunda pregunta: ¿De entre todos los interesados, quién estaría dispuesto a invertir tiempo y recursos para ejercitarse y comer saludablemente, entre otros requisitos obligados para lograr el fin propuesto? Indudablemente, la proporción de sujetos inscriptos dentro del anhelo de lograr un cuerpo escultural disminuiría significativamente al pensar en profundidad sobre las exigencias requeridas para llegar al éxito pensado. Muchos no estarán dispuestos a “pagar” el precio requerido para alcanzar el objetivo fijado. Y ello tiene una explicación simple: para cambiar se debe trabajar en consecuencia a los objetivos fijados, y no siempre la tarea es simple, agradable ni fácil de sobrellevar. No todas las personas se encuentran predispuestas positivamente al cambio.

Resulta imprescindible echar abajo falsas creencias infundadas y exponer conceptos reales. Las transformaciones se producen por dos motivos concretos: decisión propia o imposición de la realidad objetiva. El ejemplo propuesto sobre el cambio físico entra dentro del primer motivo, mientras que en el caso de la segunda causa podría enumerarse una guerra, una catástrofe  natural o una crisis social y económica,  entre otras tantas posibilidades. En términos de complejidad, siempre resulta menos complicado cambiar por decisión propia que hacerlo por imposición externa. Y nótese algo importante: se habla de menor complejidad, no de mayor facilidad.

Dentro de un proceso de transformación se podrían establecer tres etapas diferenciadas entre sí. La primera de ellas se vincula con la decisión misma de plasmar modificaciones, previo tiempo de reflexión y análisis de la situación a transformar (personal, familiar, organizacional, institucional, social o cultural). Lo segundo se refiere al trabajo que debe realizarse para llegar a los objetivos previamente establecidos. Esta es la etapa más costosa de todas – lo que no significa que el paso anterior sea simple y agradable -, puesto que allí entra en escena un temido enemigo: el sentimiento de frustración. Durante la labor de cambio (proceso de trabajo, propiamente dicho), nada es estático, los planes iniciales pueden variar y ello conlleva la posibilidad de modificar lo planeado inicialmente si así resultase necesario. Y nunca se logran resultados inmediatos. El último momento es lo referido a la obtención de objetivos, el logro de las metas establecidas en la primera parte. Podría decirse que, en comparación a las dos fases iniciales, ésta última es la que conlleva un mayor nivel de satisfacción en el desarrollo de la labor que se ha desempeñado.

Entonces, se debe concluir que los cambios verdaderos – aquellos que buscan modificaciones profundas – se dan siempre en el mediano o largo plazo. Requieren tiempo y esfuerzo en su concreción. No arrojan resultados veloces y debe haber lugar para ejecutar cambios en las tareas a realizar si las circunstancias así lo ameritan. Finalmente, la concreción de objetivos es la parte más gratificante en toda transformación. Pero, lo más relevante dentro de las tres etapas mencionadas es el aprendizaje que se obtuvo de principio a fin.

Quienes defienden el equivocado concepto del cambio a corto plazo, son sujetos que poseen ciertas características: mienten y/o tienen un alto nivel de desconocimiento sobre el tema. Analice a cada político, sin importar su identidad o al partido al que pertenezca. Ponga a pruebas sus predicas sobre aspectos relacionados a implementar trasformaciones sociales (proyectos, propuestas, ideas, etc.) y determine su viabilidad. Quien proponga una transformación profunda en un tiempo corto de trabajo está mintiendo, lisa y llanamente. Lo que enuncia no es posible de concretarse.

No hay cambios reales, importantes, permanente y profundos dentro de la idea cortoplacista que domina el ideario social argentino. La muestra más clara de los nefastos resultados que ha producido dicha creencia se reduce a una verificación muy simple: mirar a la propia realidad y comprobar como la situación del país es cada vez peor. Ya lo dijo Maya Angelou (1928 – 2014, escritora, poeta, artista y activista por los derechos civiles estadounidenses):”Todos los grandes logros requieren tiempo”. Es decir, no hay éxito importante posible dentro del cortoplacismo. ¿Cuándo lo entenderemos?

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